Georgia disfruta sentada y desnuda junto al riachuelo de agua caliente, que hay cerca de su casa, dentro de las tierras, que son de su padre.
El agua del cañón suele estar a unos deliciosos 39 grados, es un agua que huele a menta, las hojas de los algodoneros y lilas le dan la sombra y entre los árboles se vislumbran unos montes amarillos de mimosas; el cielo azul extiende su manto y hacen brillar su piel.
Cuando se adentra en la cálida corriente del riachuelo, le gusta remover con sus piernas, todavía lechosas, haciendo remolinos en el agua marrón, que le salpican el cuerpo antes de entrar, para después lanzarse un rato a nadar, cálida y placenteramente.
Y así descalza y desnuda paseando y tomando el sol, avanza lentamente entre enebros que le rozan suave y delicadamente, es así feliz, olvidando momentos de dureza que su vida arrastra.
Suele ir al mediodía, cuando sabe que está la zona, a salvo de gentes y afluencia.
Así es como él la recuerda,
así fue como él la encontró por primera vez,
así fue como se enamoro de ella,
con tan solo verla pasear desnuda,
entre agua y enebros.
Estrella.
