Le conocí en la Universidad en la década de los años 30.
No era mas que alguien con quien entablé una relación amistosa de estudio, que lentamente se hizo más y más próxima, un tanto pasiva al principio por mi parte, pero conducida por él, que, desde nuestro primer encuentro, desplegó atenciones, ofrecimientos y risas, en un tono cortés, educado y sobre todo simpatico a la española, aunque era Londinense.
No era guapo, lo admito, pero si fuerte y alto, con un pelo que le acababa en punta, muy corto al estilo de los marines americanos, sus ojos verdososo eran dulces y melosos y desnudo, bueno desnudo, ganaba mucho la verdad, digo desnudo por que solia desprenderse de sus ropas con el menor pretexto, cuando en plena canícula se zambullia en el río próximo al campus y entonces me daba el gustazo de ver sus dos piernas elásticas y robustas, y un torso bastante musculado, entre risas y cuchillos de mis amigas de cuarto.
Juntos pasamos largas tardes preparando los exámenes y al terminar nos escapábamos en su automovil sorprendentemente grande y viajábamos hasta un pequeño hotelito, donde solíamos cenar algunos los viernes, otras veces organizábamos pequeños pick nicks, al estilo iberico decía él, donde algunos de nuestros compañeros de clase, tocaban la guitarra, y cantaban alegremente, marcándonos algún que otro baile, generalmente suelto tipo charleston, tan en boga en aquellos momentos, o sencillamente disfrutábamos de un recorrido en barca por el río.

Hasta que un día a finales de curso en el mes de Mayo según recuerdo, dijo que quería presentarme a su tía Lady Anna Midford con la que vivía aquí en España, acepté al principio, aunque después tuve que pensarmelo, pues en realidad me indicó que en a su invitación tenia que asistir vestida de largo y elegantemente, pues él llevaría smoking, lo cual rebajó, en parte mis ganas de ir.
Aún así accedí, quedó en venir a buscarme y lo que menos me esperaba es que acudiera al atardecer, no él, ni tan siquiera su turismo, sino un pequeño coche de caballos, de aquellos sumisos que habían sobrevivido a los motores y que a través de los campos me llevó a la que era la mansión de su tía.
La verdad es que yo mas que encantada, estaba sorprendida y algo atemorizada, no sabía tan siquiera si mis ropas, mi vestido, mis zapatos, mi bolso, mi recogido del pelo, mis pendientes, estarían a la altura, de lo que en realidad Keneth era y estaba a punto de mostrarme.
Altaír